¿Realizan los brujos orgías sexuales?

La respuesta inmediata es negativa, pero requiere matización. 

La brujería comenzó como una religión de la fertilidad, y con frecuencia sus rituales tenían la finalidad de aumentar la fertilidad de las mujeres así como la del mundo natural. Algunos de estos rituales implicaban actos sexuales entre los miembros de la asamblea, entre el varón dirigente de la asamblea y las mujeres participantes, o ambas cosas. Para esto último, y por evidentes razones prácticas, se utilizaba un falo artificial. Se trataba de actos serios de culto mágico y no de mera lujuria. Para el brujo, el acto de la unión sexual entre la mujer y el hombre es la reunión de las dos partes complementarias del universo en un «matrimonio» cuyo resultado es la unión extática de la carne y el espíritu. Esta actitud está presente en muchas otras culturas, y así, pensamos de inmediato en el yin y el yang de China, las prácticas tántricas de la India y el Tíbet, las costumbres de los antiguos polinesios y micronesios y muchas otras. El milagro de Cristo al convertir el agua en vino en las bodas de Caná no fue el acto de un barman con unas dotes divinas, sino una expresión de la transformación espiritual que tiene lugar en el momento de la unión sexual completa. El lugar común es transfigurado para ambos participantes y para quienes asisten a la celebración. 

Los brujos consideran el acto sexual como un acto de amor, amor no sólo por la pareja elegida sino también por la unidad de la diosa y el dios que es la vida y el alma de este mundo. El amor físico no es un pecado sino una reverencia, no una culpa sino una alegría.

 Hoy en día, algunas asambleas de brujos llevan a cabo rituales sexuales. El acoplamiento ritual de sacerdote y sacerdotisa, o de los miembros de la asamblea, suele realizarse en privado y al final de los rituales de grupo. Además, los participantes ya han establecido relaciones sexuales. La promiscuidad fortuita es tan rara entre los brujos como entre los miembros de las congregaciones cristianas. 

Sin embargo, debe señalarse que los brujos difieren de la mayoría de las sectas cristianas, así como del Islam y otros credos, en que no ven nada vergonzoso en la exposición del cuerpo humano y en considerar el nudismo de grupo sano y natural. Además, los brujos no están obsesionados por la sexualidad, como les sucede a muchas personas que, comprensiblemente, ven el fruto prohibido como algo muy atractivo, puesto que para ellos el fruto no está prohibido. Esto se debe a que los brujos encuentran en sus rituales, su invocación y uso de la energía psíquica y sus actos privados de magia y culto aquello que la mayoría de la gente sólo encuentra en el sexo: una energía inmensa, el placer de la energía, su uso y liberación, la sensación de trascender los límites de la personalidad, la sensación de la unidad con la fuerza vital. Naturalmente, lo mismo puede decirse de las personas totalmente entregadas a otras religiones, de los sufíes y derviches en sus danzas místicas, de muchos sacerdotes cristianos célibes y otros religiosos. La diferencia estriba quizá en que los brujos no excluyen el deseo sexual de su religión, sino que lo incluyen y hacen que forme parte del conjunto.