Llevan a cabo sacrificios los brujos

Una de las acusaciones que se hicieron contra los brujos en el pasado era la de que mataban bebés sin bautizar y los sacrificaban a Satán. (La misma difamación fue utilizada para vilipendiar a los judíos y, a veces, a los gitanos.) No existe ninguna prueba aceptable en apoyo de esta acusa-ción. No hay más pruebas que las aportadas por quienes, ante un infanti-cidio, declaraban de inmediato que lo había perpetrado una bruja. Desde luego, si hemos de creer a nuestros más antiguos y crédulos historiadores, las tribus de la Bretaña celta en el período druida realiza-ban, en efecto, sacrificios humanos. J. G. Frazer, en La rama dorada, y Margaret Murray han afirmado que en la religión primitiva el Rey Divi-no (o su sustituto) era asesinado ritualmente tras siete años de reinado, y como prueba de ello se aduce la muerte del rey William Rufus en el Bos-que Nuevo. Los sacrificios de animales tienen lugar en muchas grandes culturas. Las entrañas se consultan con fines de adivinación y la carne constituye el plato principal de un banquete. Para situar este tema en perspectiva, debemos examinar la misma palabra «sacrificio», derivada del latín sacer (sagrado) y facere (hacer). Algo se hace sagrado al ofrendarlo al dios, diosa o dioses, y así «sacrifi-cio» llegó a significar la entrega de algo, con o sin esperanza de una re-compensa. El sacrificio implica destrucción: el objeto o criatura del sacrificio es destruido. Pero la destrucción absoluta no existe, puesto que la vida es per-petua, no hay más que transformación. Así, la destrucción sacrificial es, en realidad, un acto de transformación, pasar el sacrificio de un plano de exis-tencia a otro. Si eso se hace a fin de «santificar» el objeto o criatura, no se ha hecho mal alguno. Sin embargo, debernos tener en cuenta la ley de la brujería: «Haz lo que quieras y no perjudiques a nadie». No debernos enviar una criatura viva a otro plano de existencia sin considerar con el máximo cuidado todos los aspectos de la cuestión. No debe matarse a nin-guna criatura humana sin su total consentimiento, y cuando éste sea im-posible, como ocurre con los niños recién nacidos con lesiones cerebrales o enfermedades paralizantes y con personas en estado de coma que viven físicamente por medios mecánicos, no debe tomarse ninguna decisión sin un profundo examen de conciencia. Tales muertes deben llevarse a cabo Como un sacrificio, deben ofrendarse como una «santificación», una ben-dición. Si me he desviado de la idea corriente de sacrificio es porque en esta cuestión nos enfrentamos a múltiples problemas. Oímos hablar de solda-dos que «sacrificaron sus vidas» o que «fueron sacrificados» en la gue-rra. ¿Se trata de sacrificios verdaderos o no? En ciertos casos los solda-

dos aceptaron de buen grado la muerte, o por lo menos el riesgo de rir, pero en otros casos no hicieron tal cosa. Indudablemente, ii-guerrm un mal, pero a veces es necesario interpretar el mandato de no hacer daaes a nadie como el mandato de juzgar entre dos posibles males. Es posibnl° que uno deba «dañar» al asesino psicópata, al racista, al terrorista parea preservar las vidas de otras personas. Pero, en general, los brujos prefie-ren frustrar al malhechor antes que dañarle, influir en su voluntad y sus-decisiones, darle la oportunidad de dirigir su vida en otras direcciones El sacrificio ritual de criaturas vivas no humanas presenta menos pro-. blemas. El ritmo del mundo natural se basa en un sistema de interrela-ciones, una de las cuales es la que existe entre depredador y presa, hués-ped y parásito. Nos alimentamos unos de otros. La especie humana es carnívora. Aunque ciertos seres humanos son capaces de disciplinarse y hacerse vegetarianos, la mayoría comen la carne de mamíferos, pescados y aves, e incluso los hay que comen reptiles e insectos. Así pues. la matanza de criaturas por su carne no significa una infracción de la ley na-tural, como tampoco lo es la crianza de animales destinados a alimenta-ción. En consecuencia, sacrificar un toro, un pollo o una oveja es permi-sible, siempre que exista el verdadero deseo de «santificar». Aquí nos encontramos con el meollo del problema: el acto del sacri-ficio. Ante todo, debe hacerse humanamente y sin causar sufrimiento. En segundo lugar, debe realizarse de un modo reverente. En tercer lugar, debe formar parte de una fiesta compartida por todos, de modo que la carne y sus bendiciones formen parte de la celebración. Las porciones sobrantes a las que no se puede dar buen uso, deben ser quemadas en el fuego. En el pasado los ocultistas «sacrificaban» un animal, a menudo un jo-ven gallo negro, a fin de obtener energía psíquica de la explosión positi-va de poder liberado procedente de una muerte súbita y violenta. Enton-ces el mago utilizaba esta energía para «evocar» los espíritus a los que quería dar órdenes y para obtener un mayor poder personal. Los brujos no buscan poder de esa manera. Su poder no proviene del estímulo del ego sino del sometimiento del ego a la fuerza vital del universo. Los bru-jos no hacen sacrificios como los que he descrito. No obstante, los brujos «santifican» muchos objetos que usan y, al hacerlo así, los transforman. La consumición de una vela encendida es un acto sacrificial, una entrega, una transformación. La quema de hojas, ra-mitas y flores en una fogata es un sacrificio, como lo es la quema de in-cienso. Cuando se consume cualquier cosa en el fuego durante un acto o ritual mágico, se «santifica» al ofrendarlo a la diosa. Por otro lado, exis-te una «santificación» en cada bendición durante las comidas, sobre todo si una porción simbólica de esa comida se «entrega», consumida por el fuego o enterrada.

Existen algunos rituales brujeriles de sacrificio, pero adoptan la for-ma de devolver simbólicamente a la diosa, a la fuerza vital, algunos de sus regalos. Así, es posible hacer un sacrificio a la diosa como madre ma-rina, dejando flotar algo en la marea o arrojándolo al agua, como ciertos indios de la costa occidental canadiense devuelven las primeras capturas de la temporada al río o al mar. Se puede ofrendar un sacrificio a la dio-sa del cereal en el rito tradicional de quemar la primera gavilla de grano que se cosecha. Un sacrificio a la diosa de la tierra puede consistir en en-terrar algo apropiado, y a la diosa del cielo enviando al cielo el humo de una fogata. A la diosa del bosque se la puede adorar colgando regalos de los árboles. Esta clase de sacrificios se encuentran en todas las cultu-ras orientadas hacia la naturaleza. En el pasado remoto algunos de estos sacrificios eran sangrientos y brutales. Hoy no son así. Los brujos hacen sacrificios, pero no son sangrientos, y antes de lle-var a cabo cualquier sacrificio, se preguntan si forma parte del ritmo na-mitilal del universo, si es perjudicial para alguien y si es santificante.