¿Es la brujería una tradición oculta?

Mi respuesta personal es negativa, pero en los últimos años la palabra «oculto» se ha utilizado como un término descriptivo general de todas las tradiciones mágicas, por lo que es necesario aclarar la situación y, tal vez, definir de nuevo algunos términos. 

Ya he presentado en líneas generales la religión de la brujería y sus creencias básicas. El ocultismo no es una religión, como lo es la brujería. 

En realidad, dentro de las principales religiones existen tradiciones ocul-tas. Puede afirmarse razonablemente que el ocultismo occidental se ini-ció con el judaísmo, aunque la tradición judaica fue muy influida por la magia caldea, babilónica y egipcia. El centro del ocultismo es la creencia en un mundo poblado por muchos «demonios», «ángeles» y «espíritus» sobrenaturales. Si bien la brujería cree que todo lo creado tiene un «cam-po de energía» que puede ser considerado como un «espíritu», no cree en ninguna potencia que no esté ligada al mundo natural. 

El ocultista prac-tica la magia ritual a fin de llamar a los espíritus o demonios y obligarles a cumplir las órdenes del mago. Se considera que los espíritus así llama-dos son externos a quien los llama. El mago traza un círculo para mante-ner a los espíritus fuera de él y controlarlos; el brujo traza el círculo para hacer que entre en ese espacio el poder espiritual y usar ese poder. 

El ocultista occidental suele actuar dentro de los límites establecidos por las religiones judía o cristiana, llamando a las fuerzas etiquetadas en las escrituras judías como «demonios» o «ángeles», alineados en com-plicadas jerarquías, cada una con poderes y atributos particulares, y mu-chas asociadas también a una estrella, planeta, metal o gema determina-dos. Prácticamente ninguna se relaciona con plantas o árboles. La astro-logía juega un papel relevante en el ocultismo, lo cual procede, con toda probabilidad, del zoroastrismo. Los brujos hacen un uso considerable de la astrología, pero sin ninguna relación con ángeles o demonios. 

La alquimia, que se inició en Egipto y floreció en la Bizancio del si-glo iv, para dar paso más adelante a la ciencia de la química, fue a la vez un arte y una ciencia ocultos, que no se ocupaba únicamente de la trans-mutación en oro de metales comunes por medios físicos, sino también de la manipulación de fuerzas espirituales. Algunos alquimistas tenían tam-bién la reputación de magos y se decía de ellos que habían tratado de evocar al diablo. Tal fue el caso del doctor Dee, astrólogo de Isabel de Inglaterra, y se supone que con cierto éxito. Dee y sus cofrades no ado-raban al diablo, sino que deseaban conferenciar con él y obligarle a cum-plir sus órdenes. Naturalmente, de esta práctica procedió el relato medie-val de Fausto. 

Los procedimientos del alquimista y la magia ritual eran complicados y sólo estaban al alcance de los ricos que podían adquirir el equipo nece-sario para los rituales que, invariablemente, implicaban complejos actos de protección con respecto a las potencias un tanto recalcitrantes a las que se requería. Además, de la misma manera que los ángeles estaban or-ganizados jerárquicamente, también lo estaban las diversas órdenes se-cretas mágicas, cada una de las cuales, en la tradición occidental, estaba dominada por los varones y, en su mayoría, sólo permitían la afiliación de varones. Había varias clases de miembros, desde neófito hasta maes-tro. Cada ascenso en el escalafón se lograba mediante el estudio de ritua-les, simbolismos y muchas leyes arcanas. En la mayoría de los casos, el mago estaba obligado a poseer una indumentaria ritual, más o menos complicada, y una serie de otros objetos simbólicos, entre ellos una es-pada, una varita, un cuchillo de mango negro, otro de mango blanco, una copa o cálice, un pentagrama (a veces sobre un paño que pudiera exten-derse en el suelo), un pentáculo (estrella de cinco puntas) más pequeño y un quemador de incienso. Existían reglas sobre los materiales que po-dían utilizarse para la fabricación de tales objetos, muchos de los cuales tenían que ser confeccionados por el mismo mago. Algunos requerían determinadas piedras preciosas y semipreciosas. 

Esta tradición se desarrolló en múltiples direcciones y produjo un nú-mero considerable de sociedades secretas, desde las órdenes masónicas, que ya no son especialmente ocultas, hasta la Orden del Alba Dorada. 

Algunas órdenes hacían hincapié en la inspiración espiritual de uno mis-mo, otras en el logro de poder. Unas, derivadas de la tradición cristiana, decidieron que el gobierno de Satán era preferible al de la Iglesia y se organizaron diversos cultos satánicos. Estas órdenes (con las notables excepciones de los masones y otras sociedades secretas que eran en rea-lidad «asociaciones amistosas» y hacían, como siguen haciendo, muchas obras de caridad) no se preocupaban por el bien de la sociedad, no prac-ticaban la curación, como hace la brujería, ni tenían una tradición de her-balismo. 

Los rituales y prácticas sexuales del tantrismo hindú penetraron en el ocultismo a fines del siglo xIx y ejercieron una profunda influencia en Aleister Crowley, el cual, a su vez, influyó en Gerald Gardner y, conse-cuentemente, en la brujería gardneriana. 

La diferencia entre la brujería y la tradición oculta radica en algo más que sus orígenes, utensilios y actividades. Existe entre ellas una diferen-cia filosófica. La tradición oculta separa a la humanidad de la naturaleza, de acuerdo con la afirmación que se hace en el libro del Génesis, 1, 26: «Y dijo Dios: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejan-za nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres"». En el versículo 28 del mismo capítulo se le dice al hombre: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla». El punto de vista de la brujería es que la humani-dad no debería «someter» al mundo natural sino trabajar en armonía con él, y que el ritmo de la vida humana debería estar en consonancia con los ritmos del mundo natural. La tradición oculta, con su conocimiento de los espíritus, ángeles y demonios y su creencia en un complejo sistema de cielos e infiernos, no presta mucha atención a la vida en el mundo y en la tierra. La brujería no cree en la existencia de infiernos o cielos en el sentido oculto, y sos-tiene que la vida es perpetua y que cada ser humano, y quizá todas las criaturas vivas, puede experimentar la vida en la tierra una y otra vez. Por ello la brujería tiene una gran preocupación por la calidad de la vida en la tierra. 

La tradición oculta es esencialmente maniquea en su percepción de una guerra constante entre Dios y el Maligno. La brujería no ve el univer-so de esa manera, más bien crea que todos los seres del universo obedecen leyes universales y son capaces de acciones que, desde el limitado punto de vista de la humanidad, pueden considerarse como «buenas» o «ma-las», pero que no son en sí mismas ni buenas ni malas. Estas acciones pueden ser influidas y alteradas tanto por la voluntad humana como por la intervención del mundo natural, por los cambios rítmicos de las esta-ciones, los movimientos de los astros y los planetas, y la influencia de los espíritus del lugar y los de todos los seres vivos. El universo es una red de energías entretejidas que cambian constantemente, y no existe en él nada estático. 

Para el ocultista, la verdadera superioridad radica en el dominio; para el brujo, en comprender la armonía natural y trabajar dentro de ella. La tra-dición oculta se ocupa de lo que considera por encima y separado del mundo natural, lo sobrenatural, algo en lo que no cree la religión primi-tiva.