¿En qué se diferencia la brujería blanca de la negra?

Estos términos irritan enormemente a los brujos. Ellos han hecho uso de su derecho legal a la libertad religiosa y se han proclamado seguidores de la religión primitiva. Sin embargo, una y otra vez les plantean la misma pregunta: «¿Practica usted la brujería blanca o la negra?». La mejor respuesta que he oído es ésta: «¿Es usted cristiano? ¿Sí? Pues. entonces dígame si es un cristiano malo o bueno». La verdad es muy sencilla. Los actos de magia contrarios al credo brujeri I concretado en las palabras «ama y no perjudiques a nadie» son erróneos, son realmente malignos. Los demás actos no lo son. Esto lo reconoció la Iglesia cristiana antes del año 500 d. de C. Téngase en cuenta que la legislación de Constantino contra los brujos se concretaba simplemente en que era preciso castigar a los brujos que cometían iniquidades. A los demás no había que hacerles daño. 

Por desgracia, muchos libros poco rigurosos sobre la brujería, muchos libros de hechizos, recalcan el aspecto sensacional de esta práctica y dedican mucho espacio a explicar cómo se debe maldecir a alguien, cómo atraerle a nuestra esfera de poder o cómo satisfacer la codicia sexual. Por ello mucha gente cree que los brujos son personas hambrientas de poder que sólo piensan en sí mismas, y algunos que se creen en posesión de poderes mágicos se sienten atraídos por la brujería e incluso se inician en la práctica. Es preciso advertir a tales personas que existe una ley natural según la cual todo acto de magia repercute por triplicado en quien lo realiza. Uno puede protegerse, pero sólo hasta cierto punto. Uno puede lograr un poder considerable, pero sólo durante cierto tiempo. La leyenda de Fausto, aunque envuelta en la terminología cristiana y ocultista, puede considerarse un relato sobre un brujo complaciente consigo mismo, arrogante y malicioso. El poder en sí no corrompe, pero el amor al poder y el mal uso que se hace de éste, corrompe y destruye.