Adoran los brujos al diablo

A esta pregunta sólo cabe responder con un «no» tajante. 

En primer lugar, el diablo es una figura de la doctrina cristiana, mien-tras que la práctica de la brujería es anterior al cristianismo. Además, la fi-gura de Satán, o el diablo, prácticamente fue ignorada por la Iglesia hasta el siglo VI, cuando, desde un punto de vista político, era juicioso identificar al consorte cornudo de la diosa como equivalente del adversario que apa-rece en el Génesis y el Libro de Job y que se dedica al escrutinio de lacon-ciencia de Cristo durante los cuarenta días en el desierto. (Más o menos por esa época, la doctrina de la reencarnación, antes tolerada por la Iglesia, se consideró falsa y se potenció la idea de que el hombre tiene una gsola vida tras la cual le espera la beatitud o el tormento eternos.) La imagen del diablo con cuernos y patas de macho cabrío deriva de la imagen del dios Pan, y es totalmente ajena a la Biblia. La palabra diablo podría derivar del sánscrito deva, que significa «el brillante», o incluso del latín deus, dios. 

Los gitanos llaman a Dios Duvel. Old Nick, una de las expresiones popu-lares inglesas para denominar al diablo, deriva del dios noruego Nik. 

En los tiempos en que eran perseguidas, a menudo las brujas confe-saban haber tenido relaciones sexuales con el diablo. Ahora sabemos que el tal diablo no era más que el varón que presidía la asamblea, el cual se tocaba a veces con una especie de gorro con cuernos y se ponía un man-to de pieles. Desde la Antigüedad se ha considerado que el diablo super-visaba muchos de los placeres de la plebe. En algunas de las religiones antiguas, Dionisos y Cernunnos promovían el consumo de cerveza y vino. 

Los puritanos consideraron que el alcohol era obra del diablo, y también la danza les parecía diabólica. Ahora bien, la danza forma parte integral de las celebraciones brujeriles. Lo cierto es que la Iglesia cristiana, en sus diversas formas, ha hecho al diablo responsable de casi todo aquello que desvía la mente humana de las consideraciones de culpabilidad y la conde-nación posterior, o bien del ascetismo y la felicidad eterna. Sin embargo, resulta curioso que la Iglesia no haya inventado una diablesa, a pesar de que la caída del hombre en el jardín del Edén fue una consecuencia del pecado original de Eva. Pese a todo, la figura de la diosa permanece, por i lo menos en el catolicismo, como una importantísima imagen de la divi-nidad.